“El patín de oro”: 1910, el nacimiento de un mito de la resistencia.
- Thomas
- hace 2 días
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Una noche de invierno donde todo comienza
El 24 de diciembre de 1910, en el corazón del Velódromo de Invierno, el famoso Vel d'Hiv de París, se convirtió en escenario de una silenciosa revolución deportiva. Bajo el inmenso techo de cristal metálico, bañados por una luz artificial casi irreal, un puñado de hombres se lanzó a un desafío sin precedentes: permanecer 24 horas sobre patines, sin interrupción .
En aquel entonces, el Velódromo de Invierno era mucho más que un simple recinto deportivo. Auténtica catedral del deporte moderno, representaba una sociedad fascinada por el rendimiento, la resistencia y las hazañas extraordinarias. Diseñado para el ciclismo, este velódromo cubierto ya albergaba carreras de larga distancia, espectáculos populares y desafíos físicos que cautivaban a un público cada vez mayor.
Pero esa noche, un detalle lo cambió todo.
Estas no son bicicletas que giran.
Son hombres sobre ruedas.
Henri Desgrange, el hombre detrás de la idea.

Detrás de este extraordinario acontecimiento se encuentra una figura clave del deporte francés: Henri Desgrange, ya famoso por haber creado la carrera ciclista Tour de France en 1903.
Visionario y ferviente defensor del deporte como escuela de fuerza de voluntad, Desgrange veía la resistencia como la máxima expresión de la trascendencia humana. Con el "Golden Skate", trasladó al patinaje sobre ruedas los principios que habían hecho tan exitoso al ciclismo: duración, resistencia y el dramatismo del esfuerzo.
*Fuente: Esta imagen fue extraída de otro archivo: Sr. Desgrange (retrato del redactor jefe del periódico L'Auto en su escritorio)
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Este formato de 24 horas no es insignificante. Exige a los atletas que lleguen a sus límites, los expone a una fatiga extrema y a la falta de sueño, y transforma la competición en una verdadera prueba tanto mental como física.
Con esta carrera, Desgrange no solo está creando un evento.
Sienta las bases de una disciplina.
El Velódromo de Invierno, escenario de hazañas heroicas.

El Velódromo de Invierno es un lugar único. Su pista ovalada de madera con peralte está diseñada para la velocidad, pero aquí se convierte en un terreno experimental para el patinaje sobre ruedas.
La superficie lisa permite un descenso rápido, pero las curvas exigen un dominio técnico constante. En cada vuelta, los patinadores deben lidiar con la gravedad, la fatiga muscular y la precisión de sus trayectorias.
Alrededor de la pista, las gradas están abarrotadas. Miles de espectadores se turnan para asistir, algunos se quedan toda la noche, fascinados por este espectáculo sin precedentes. El ambiente es electrizante, casi surrealista: la gente aplaude, observa y se pregunta… ¿hasta dónde podrán llegar?
Porque más allá de la competencia, se trata de una lucha contra el tiempo.
Se desató una carrera despiadada.

Desde las primeras horas, el ritmo fue frenético. Los favoritos impusieron un ritmo constante, buscando ampliar rápidamente la ventaja. Pero muy pronto, la realidad del esfuerzo se hizo patente.
La noche se convierte en el principal adversario.
El frío, la monotonía de las vueltas, la falta de referencias temporales precisas sumergen a los patinadores en una especie de trance. Sus cuerpos se agotan, sus movimientos se vuelven mecánicos, sus rostros se cierran en sí mismos.
A diferencia de las carreras modernas, ningún protocolo científico guía a los atletas. No hay una estrategia nutricional precisa, la recuperación es escasa, el equipamiento es rudimentario: ruedas de madera o metal, calzado rígido y mínima comodidad.
Cada interrupción es costosa. Cada reinicio es una batalla.
Algunos se rinden. Otros bajan el ritmo. Solo unos pocos perseveran.
Una carrera espectacular, minuto a minuto.

La carrera comenzó exactamente a las 16:15, ante casi seiscientos espectadores ya expectantes. Una docena de corredores partieron por la pista del Vel d'Hiv, sin saber que solo unos pocos llegarían a la meta.
Desde las primeras vueltas, el canadiense Carey impuso un ritmo constante y fluido, ante la atenta mirada de un público que, aunque tranquilo, seguía observando con atención. Pero alrededor de la vuelta 60, la carrera cobró vida: se lanzaron los primeros ataques, Leroy se puso al frente y Cookson y Curtiss aceleraron a su vez. El público reaccionó con aplausos y vítores.
Tras una hora, el ritmo se vuelve frenético. Las aceleraciones se suceden una tras otra en un rugido creciente. Los espectadores, cada vez más numerosos, se ponen de pie, vitoreando y emocionándose con cada adelantamiento. Carey recupera el liderato con facilidad, impresionando con su fluidez.
Tras dos horas de carrera, la selección ya está clara. De los doce corredores que comenzaron, solo unos pocos logran mantener el ritmo. Carey, Leroy, Curtiss y Cookson se enfrascan en una feroz batalla, mientras que otros empiezan a quedarse atrás. El ambiente se vuelve cada vez más intenso.
Alrededor de las seis horas, la carrera dio un giro dramático. El dolor se hizo presente, los cuerpos se cansaron, algunos se detuvieron, otros cayeron o resultaron heridos. Pero en la cabeza de carrera, la batalla continuó. Carey no flaqueó. Leroy, por su parte, se mantuvo firme, inteligente y sólido, negándose a ceder.
A la octava hora, los primeros nombres importantes empezaron a ceder: abandonos, lesiones, retiros. El público observaba fascinado cómo se desarrollaba este implacable proceso de selección. Cada vuelta se convertía en una hazaña. Cada minuto era motivo de aplausos.
Luego llega la noche.
El ambiente se torna casi surrealista. Entre el cansancio y la fascinación, los espectadores siguen llegando, soportando también la larga espera. En la pista, solo quedan unos pocos supervivientes. Carey continúa incansable, sin abandonar la pista. Leroy lo sigue de cerca, sereno y decidido.

A las 20 horas, solo tres pilotos seguían en liza. Y en las últimas horas, todo se redujo a dos hombres: Carey y Leroy.

Una lucha tensa, silenciosa e impresionante.
El público contiene la respiración, consciente de que está presenciando algo excepcional. Leroy lo intenta, observa, pero comprende que Carey no cederá.
En los últimos minutos, el público se pone de pie, completamente entregado a estos dos héroes. Un último arranque de velocidad pone fin a este extraordinario desafío.
Carey gana, Leroy termina a solo dos kilómetros de distancia.
En total, solo 5 corredores completarán estas 24 horas.
Más que una carrera, fue un espectáculo completo, alimentado por una atmósfera electrizante y un público fascinado, que presenció una lucha tanto física como mental.
Carrey, la hazaña absoluta


Al cabo de 24 horas, un hombre salió victorioso: el canadiense Sr. Carrey .
Su actuación es sencillamente extraordinaria: 476,933 kilómetros recorridos sin paradas , lo que representa una velocidad media de casi 19,9 km/h. Una hazaña aún más impresionante si se tiene en cuenta que se logró en condiciones que hoy se considerarían extremas.
Detrás de él, Léveillé completa el podio en tercer lugar. con 422.666 kilómetros.
Pero entre estas dos actuaciones, el hombre que cruzará la meta en segunda posición es un nombre que dejará una huella imborrable.
Leroy, un pionero de la resistencia moderna.
Al terminar segundo con 474,933 kilómetros , a menos de dos kilómetros de la victoria, Leroy encarna otra forma de logro.
Menos espectacular en apariencia, pero quizás más visionario.
Porque Leroy no era simplemente un competidor: fue una figura clave en el desarrollo del patinaje sobre ruedas a principios del siglo XX. Pertenecía a esa generación de entusiastas que, sin saberlo, sentaron las bases del patinaje moderno. En una época en la que las disciplinas aún no estaban codificadas, se inspiró en los métodos de entrenamiento utilizados en el ciclismo y las carreras de resistencia, disciplinas que por entonces estaban en pleno auge.

Nacido en París en 1872, fue el gerente de la pista de patinaje Ideal Skating en el Palais d'Été desde su inauguración. Para 1910, ya llevaba diez años enseñando patinaje sobre ruedas, una disciplina que él mismo ayudó a difundir internacionalmente, especialmente en El Cairo, Alejandría y Constantinopla.
Su trayectoria profesional ha sido decididamente internacional: tras impartir clases en Nueva York y Londres, regresó a París dos años antes de esta carrera, con una vasta experiencia que era poco común en aquel momento.
Pero Leroy también fue uno de los primeros patinadores en adoptar un modelo de colaboración moderno. Fue patrocinado por la marca de skate Brampton , algo poco común en aquella época, lo que demostraba su estatus y el reconocimiento de su talento.

En la pista, esta experiencia se hace evidente de inmediato; ya posee unas habilidades de gestión de carrera extraordinarias.
Mientras que otros sucumben a la intensidad del inicio, Leroy adopta un ritmo constante, casi metódico. Anticipa la fatiga, dosifica su esfuerzo y acepta no ser el más rápido en todo momento para mantener su rendimiento a largo plazo.
Una estrategia que guarda una estrecha relación con las prácticas actuales.
Al convertirse en poseedor del récord francés de las 24 horas, no se conformó con un puesto de honor.
Representa una evolución.
Las raíces de una disciplina
El “Patinaje de Oro” va mucho más allá de una simple competición. Marca un punto de inflexión en la historia del patinaje sobre ruedas.
Por primera vez, la resistencia se convierte en un objetivo en sí mismo. Los patinadores ya no buscan solo velocidad, sino la capacidad de aguantar, de controlar, de resistir.
Sin darse cuenta, ya están experimentando:
● Gestión del esfuerzo
● la importancia del ritmo
● resistencia mental
● la adaptación del equipo
Todos estos son principios que estructuran las principales pruebas de resistencia en la actualidad.
Un legado que perdura
Más de un siglo después, el eco de aquella noche de diciembre de 1910 todavía resuena en las principales carreras modernas, y en particular en las 24 Horas de Le Mans.
Un hecho significativo que a menudo se pasa por alto: ante el éxito del "Patinaje de Oro", el experimento se repitió ya en 1911, lo que confirma el interés del público y de los atletas por este formato extraordinario.

Luego, tras décadas de interrupción, el espíritu de las 24 horas en bicicleta renació en Francia en 1996 con el récord mundial de 24 horas (en solitario y en carretera) establecido por Christophe Evart con 468.320 km.
La carrera de patinaje sobre ruedas de 24 horas en el circuito de Le Mans, organizada por primera vez en el año 2000, revive esta singular tradición de resistencia.

En cada carrera de 24 horas, en cada relevo, en cada línea recta cubierta al final del cansancio, algo del Velódromo de Invierno permanece.
El espíritu ha trascendido el tiempo.
El entorno ha cambiado, el equipamiento ha evolucionado. Las estrategias se han perfeccionado. El rendimiento ha experimentado un auge espectacular.


Pero lo esencial permanece. Mantenerse firmes. Resistir. Seguir adelante.
Al igual que en 1910, cada patinador forma parte de una historia más grande que él mismo, la de pioneros como Leroy, como Carrey, como todos aquellos pioneros que, en una pista de madera parisina, transformaron un desafío descabellado en una disciplina por derecho propio.
Una historia de 24 horas.
Y ya, una historia para la eternidad. Y toda una vida dedicada al patinaje.







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